Tu amor fue efímero, como inefable, etéreo.
me convencí en vano que sería sempiterno.
Tus palabras, un melifluo.
En medio de tu desconocer, fue mi impulso, mi fuerza.
Para mí resiliencia, en medio de mi nictofilia,
me embargó la melancolía, me acusaron de nefelibata.
Pero sentí compasión de otros, pude mantener mi ataraxia,
dejándote caer en el olvido, para retornar a ser igual al alba.
Sentí la epifanía de estar solo y sentir la nostalgia de tu calor.
Eduardo A Carvajal Torbay.
Caracas, 12 enero, 1978
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